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El día que el miedo gobernó a Israel… y un niño no lo obedeció

January 27, 2026

La batalla que no comenzó con una piedra, sino con una convicción

Serie: Gigantes invisibles – Parte 1

El valle estaba en silencio, pero no era un silencio de paz. Era el tipo de silencio que nace del miedo. Durante cuarenta días, el pueblo de Israel despertó sabiendo que el desafío volvería a escucharse. Y durante cuarenta días, nadie respondió. El enemigo no había atacado todavía, pero ya había logrado algo más peligroso: paralizar a toda una nación.

Goliat no solo era un gigante por su estatura. Lo era por su presencia, por su voz y por la forma en que dominaba el campo sin levantar la espada. Cada mañana se adelantaba entre las filas filisteas y lanzaba el mismo reto, no solo contra los soldados, sino contra la fe misma de Israel. No pedía una guerra; pedía un hombre. Y nadie avanzaba.

El miedo se había instalado como una rutina. Los soldados miraban al suelo. Los líderes evitaban la mirada. Y el rey, Saúl, observaba desde la distancia con una armadura que ya no le quedaba bien. Aquel que había sido elegido para guiar al pueblo ahora dudaba. No porque no conociera las historias del poder de Dios, sino porque había dejado de confiar en que ese poder todavía podía manifestarse. Saúl veía el tamaño del gigante, calculaba fuerzas, comparaba armas, y en ese ejercicio humano había perdido de vista al Dios que lo había levantado.

Israel no estaba derrotado físicamente; estaba convencido de que no podía ganar. El enemigo había logrado que el problema pareciera más grande que la promesa.

En medio de ese escenario llegó David, no como soldado, sino como mensajero. Era solo un muchacho que venía a llevar provisiones a sus hermanos. No tenía armadura, no tenía rango, no tenía experiencia militar. Pero tenía algo que el ejército había olvidado: memoria espiritual. David había visto a Dios actuar en la soledad del campo, cuando nadie aplaudía, cuando no había testigos, cuando solo existía la necesidad y la fe. Había enfrentado leones y osos, no con estrategias de guerra, sino confiando en que Dios no abandona a quien cuida lo que le ha sido confiado.

Cuando David escuchó las palabras de Goliat, no sintió lo mismo que los demás. Donde el ejército escuchaba amenaza, él escuchaba una ofensa. No contra Israel, sino contra Dios. Su reacción desconcertó a todos. No preguntó por recompensas ni calculó probabilidades. Preguntó por qué nadie respondía. Para David, el silencio no era prudencia; era olvido.

Saúl lo miró y vio lo evidente: era joven, inexperto y pequeño. Intentó vestirlo con su propia armadura, como si el problema fuera de protección externa. Pero David no podía moverse con algo que nunca había probado. No porque fuera inútil, sino porque no estaba alineado con la forma en que él había aprendido a confiar en Dios. Se la quitó y regresó a lo único que conocía: su fe, su honda y la convicción de que no estaba solo.

Cuando David avanzó hacia el gigante, no llevaba ira ni arrogancia. Llevaba claridad. Goliat lo despreció por su apariencia, como si el poder siempre tuviera que verse imponente. Pero David no habló de sí mismo, ni de su fuerza, ni de su habilidad. Habló de Dios. Y entonces dijo palabras que aún resuenan con fuerza en la historia de la fe, registradas en Primer libro de Samuel 17:45: “Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo vengo contra ti en el nombre del Señor de los Ejércitos Celestiales, el Dios de los ejércitos de Israel, a quien tú has desafiado”.

La batalla terminó rápido, pero la verdadera victoria ya había ocurrido antes de que la piedra volara. El gigante cayó no porque David fuera más fuerte, sino porque nunca permitió que el miedo definiera su visión. Mientras Israel miraba el tamaño del enemigo, David miraba la fidelidad de Dios. Mientras Saúl dudaba, David recordaba. Mientras el pueblo callaba, David habló.

Esta historia no trata solo de un gigante derrotado. Trata de una nación que había olvidado quién era su Dios, de un rey que dejó que la duda gobernara su liderazgo y de un muchacho que entendía algo esencial: la fe no nace en el campo de batalla, se forma mucho antes, en la intimidad, en la obediencia diaria y en la confianza silenciosa.

Tal vez por eso esta historia sigue siendo tan actual. Porque aún hoy los gigantes no siempre se vencen con fuerza, sino con la convicción de que no todo se mide por lo que se ve. Y porque, a veces, Dios no busca al más preparado para enfrentar el problema, sino al que todavía cree que Él sigue siendo suficiente.