Skip to content

La perspectiva de Saúl: cuando el líder deja de confiar

February 3, 2026

Serie: Gigantes invisibles – Parte 2

Saúl no siempre fue un rey inseguro. Antes de la armadura, antes del trono y antes del silencio que lo consumía, fue un hombre elegido por Dios. Su historia comenzó con promesa, con autoridad espiritual y con una misión clara: guiar a Israel confiando en el poder del Señor. Pero en el valle de Elah, frente al desafío de Goliat, algo ya se había roto por dentro.

El ejército estaba inmóvil, pero el problema no comenzaba en las filas, sino en el liderazgo. Saúl veía al gigante todos los días. Escuchaba su voz, medía su tamaño, evaluaba su armamento. Cada análisis lo llevaba a la misma conclusión: Israel no tenía con qué responder. Y cuando un líder deja de mirar a Dios y empieza a confiar solo en sus propios cálculos, el miedo se vuelve razonable.

Saúl conocía las historias del pasado. Sabía de un Dios que había abierto el mar y derrotado enemigos imposibles. Pero la fe que no se alimenta termina convirtiéndose en recuerdo. Poco a poco, el rey había dejado de consultar a Dios para comenzar a confiar en su criterio humano. No fue una rebelión abierta; fue una erosión silenciosa. La duda no llegó como un grito, sino como una lógica aparentemente sensata.

El problema de Saúl no era Goliat. Era su percepción. Había empezado a ver a Dios como un recurso del pasado, no como una presencia activa. Por eso su liderazgo se volvió reactivo, defensivo y temeroso. Un rey que había sido ungido para avanzar ahora esperaba que alguien más tomara el riesgo. El silencio de Saúl no era prudencia estratégica; era el reflejo de un corazón que ya no estaba convencido del respaldo divino.

Cuando David apareció en el campamento, Saúl no vio fe; vio peligro. Vio a un muchacho sin experiencia enfrentando un problema que él mismo no había podido resolver. Su reacción fue vestirlo con su armadura, como si el fracaso de Israel fuera una cuestión de protección física y no de convicción espiritual. Saúl intentó reproducir en David el mismo enfoque que lo había paralizado a él: confiar más en el metal que en Dios.

David rechazó la armadura porque entendía algo que Saúl había olvidado. La victoria no dependía del peso del equipo, sino del peso de la fe. Y cuando el muchacho avanzó hacia el gigante con una seguridad que no provenía de la experiencia militar, quedó en evidencia una verdad incómoda: el problema de Israel no era la falta de guerreros, sino la ausencia de líderes dispuestos a confiar.

Saúl escuchó las palabras de David registradas en Primer libro de Samuel 17:45, cuando declaró que no venía en nombre de espada ni lanza, sino en el nombre del Señor de los Ejércitos Celestiales. Ese momento marcó un contraste definitivo. Mientras David hablaba desde la fe, Saúl escuchaba desde la duda. El liderazgo espiritual había cambiado de manos sin que nadie lo proclamara oficialmente.

La caída de Goliat reveló algo más profundo que una victoria militar. Expuso el desgaste interior de Saúl. El rey no perdió su posición ese día, pero perdió algo más importante: la autoridad que nace de la confianza en Dios. Desde ese punto, su historia se volvería una lucha constante contra el miedo, los celos y la inseguridad, síntomas de un corazón que dejó de creer plenamente.

Esta historia no solo habla de un rey antiguo. Habla de líderes que alguna vez caminaron con convicción, pero que poco a poco comenzaron a confiar más en su experiencia que en Dios. Habla de decisiones postergadas, de silencios prolongados y de llamados legítimos que se vacían cuando la fe se reemplaza por el cálculo.

Tal vez por eso la perspectiva de Saúl resulta tan incómoda. Porque nos recuerda que no basta con haber sido llamados; es necesario seguir confiando. El liderazgo que deja de depender de Dios puede conservar la forma, pero pierde el alma. Y cuando eso ocurre, cualquier gigante parece invencible.